De niña mi mamá siempre me decía que debía ser fuerte, cuando tenia una herida, o una astilla por sacar, siempre me miraba fijamente como contando mentalmente lista...1, 2, 3...recuerdo sus ojos hasta ahora y esa firmeza "Se fuerte" "vamos"...
Cuando tuve a mi segundo hijo, recuerdo que en el momento del parto, me sentía muy conectada con lo que estaba sucediendo, estaba conectada con, hasta ese momento, bebe sin rostro; sentía sus ganas de salir por fin al mundo empujando mi vientre hacia abajo, como diciendo, ya estoy lista, ya quiero verte, pero de repente salí de esta burbuja que puedo describir como un estado de plenitud. Caí de golpe a esa habitación en mi casa y me desbordo la magnitud de lo que estaba haciendo, me quede paralizada. En ese momento escuche a mi Doula y partera Angela, me hizo mirarla a los ojos, a esos ojos en donde sentí nuevamente esa firmeza que me dió mi mamá en mis momentos de miedo...los miré fijamente y, como si un par de brazos gigantes me sostuvieran y me lanzaran hacia el cielo volví a este lugar donde me esperaba mi hija apunto de salir, me llené de amor, de ganas, de fuerza y nació.
Entendí de lo mágico de esa compañía y fuerza que te da la doula y que es esa magia la que viene de una sabiduría ancestral, la misma que tenemos instintivamente frente a nuestros hijos, esa fortaleza que les enseñamos para que puedan levantarse, en sus manos puedes encontrar esa comprensión de lo que sientes, esa confianza a nuestra labor maternal, esa fuerza que necesitamos cuando nuestra energía se desvanece; esas manos, esos ojos, esa compañía a veces silenciosa o ese abrazo vigoroso, vienen del mismo mundo encantado donde nuestras madres encontraron sus propios besos cura heridas, sus caricias seca lágrimas y su sonrisa que te alimenta el alma. Gracias madre, gracias mamá, gracias hermanas Doulas, gracias mi Doula y gracias a los que en algún momento doularon a otros en nombre del amor.